1. Thaum.
Ángeles. Observando a los humanos día y noche, encadenados a ellos por cadenas encantadas. Si la cadena se rompe o si el humano muere, el Ángel Guardián morirá también, así que cada ángel no tiene más remedio que cuidar de su humano. Ésta es la historia de Thaum, un ángel que pese a todo, consiguió romper su cadena.
Era media tarde, y Thaum descansaba con las piernas estiradas sobre la ventana. El sol le daba de lleno en la cara, pero tenía puestas las gafas de sol, así que no le importaba demasiado.
—Oye, Kéteryn, ¿cuándo demonios vas a acabar con eso? —la muchacha estaba ocupada haciendo un trabajo para clase. Aquel año tenía los exámenes de ingreso a la Ciudad de los Sabios, por lo que pasaba las tardes aburrida en su habitación. Por supuesto, Kéteryn no oyó a Thaum, pero sintió una punzada de impaciencia y se removió en la silla.
—Deja en paz a tu humana, Thaum —dijo Mek. Era el pequeño Ángel Guardián del hermano menor de Kéteryn, y tenía una videoconsola en la mano—. Ya ha suspendido un examen por tu culpa.
—No es mi culpa —se defendió Thaum—. Ella es la que me obliga a estar aquí encerrado día y noche. Además, no eres quien para hablar... ¿qué haces con ese aparato en la mano? Timmy se va a volver loco buscándolo.
—Oh, lo siento —repuso Mek, y dejó el videojuego en el suelo. Instantáneamente se materializó.
—Podrías haberlo dejado en una estantería o algo así —añadió Thaum con voz exasperada.
—Exiges demasiado —se burló Mek—. Casi pareces el padre de Timmy.
—No me compares con un humano —se quejó Thaum—. Ah, esto es una pérdida de tiempo. Quiero ir al cine.
Kéteryn dejó de escribir y encendió su portátil. De inmediato tecleó una dirección y comprobó las películas que pondrían aquella noche en los cines de la zona comercial.
—Ya has vuelto hacerlo —acusó Mek.
—¡Genial! —exclamó Thaum—. Pequeñín, creo que voy a ver una peli de los Mecha Rangers. ¿Envidia? ¿Detecto envidia? —el ángel se levantó y voló lentamente por la habitación, como si buscase algo—. ¡He detectado un foco de envidia! —gritó, señalando a Mek.
—¡Cállate! —exigió el pequeño ángel—. ¡Timmy! —exclamó, tirando de su cadena—. ¡Timmy, tu hermana está a punto de ir al cine! ¡Van a poner los Mecha Rangers!
El hermano de Kéteryn asomó la nariz tras un par de minutos, justo cuando ella estaba a punto de salir de la habitación.
—Hermanita, ¿vas a ir al cine? —preguntó inocentemente.
—¿Eh? ¿Cómo lo sabes? —preguntó Kéteryn perpleja. Timmy se encogió de hombros.
—¿Me llevas? ¡Por-faaa!
—No puedo, Tim, he quedado con unos amigos. Te llevaré otro día —prometió. Era mentira, pero para sentirse menos culpable, mandó un mensaje a un par de personas.
—Lo has prometido —dijo Timmy con voz seria—. ¡Adiós, hermanita!
En realidad, a Thaum no le interesaba para nada la película. El cine le gustaba porque estaba lleno de gente, y le daba la oportunidad de conocer a otros ángeles. A diferencia de los humanos, ellos no podían elegir con quién pasaban su tiempo, así que aprovechaban aquellas oportunidades para reunirse. En aquella ocasión había medio centenar de ángeles, sentados sobre el respaldo de los asientos, y hablaban en voz tan alta que era imposible prestar atención a los diálogos de Mecha Rangers, aun si Thaum hubiese querido. Sin embargo, era más interesante una discusión sostenida a unos asientos de distancia, mantenida por un par de ángeles bastante ancianos. La gente les prestaba bastante atención.
—Dicen que la han visto el Viejo Parque, junto a la Torre del Reloj—dijo uno—. Atrapó a unos niños que jugaban y los dejó en el sitio.
—Yo he oído que Ella vive en la Torre del Reloj —comentó el otro—. Así que no sería raro lo que dices.
—Puede ser, aunque poco importa donde viva. Ella puede alcanzarnos en cualquier lugar. ¿No escuchaste lo del accidente en la Carretera del Oeste? La muy zorra cortó las cadenas del conductor de un trailer. Obviamente, se estampó contra los coches que iban delante y salieron todos de la carretera. Era una buena caída.
—¿Queréis dejar de hablar de temas tan siniestros? —preguntó la guardiana de un ama de casa—. Estáis asustando a los chavales —señaló a los niños alados que estaban sentados junto a los hijos, fingiendo prestar atención a la película. Incluso estaban transmitiendo el temor a los niños humanos, que temblaban en sus asientos. Probablemente de mayores se preguntarían por qué les había asustado aquella película.
—Perdona, guapa —dijo uno de los viejos ángeles—. Es que mi compañero y yo no nos veíamos desde hace tiempo. Hablemos de otra cosa. ¿Alguien propone algo?
Nadie dijo nada durante unos segundos. Luego, un ángel joven, con gafas y de aspecto despistado, levantó la mano. Su humana reía con unas amigas, con los pies sobre el asiento, pero él parecía algo abatido.
—¿Sí? —preguntó Thaum con amabilidad, dándose cuenta de que nadie más le había visto.
—Bueno, me preguntaba... ¿alguien sabe por qué estamos encadenados a los humanos?
Los presentes se miraron entre ellos. Luego estallaron en carcajadas.
—¿Por qué es el cielo azul? ¿Por qué son verdes las hojas de los árboles? ¡Deja esa clase de preguntas inútiles a los humanos! —aconsejó uno de los viejos, divertido—. Nosotros no necesitamos perder el tiempo con semejantes cuestiones.
Sin embargo, Thaum no reía. Se daba cuenta de que era la primera vez que consideraba aquello. Los demás ángeles volvieron a hablar enseguida de otros asuntos, pero él se acercó a hablar con el joven que había hecho la pregunta. Le costaba trabajo, porque la cadena no alejaba tanto. Percibiendo sus esfuerzos, el muchacho sonrió y se acercó a él.
—Nunca había pensado en eso —confesó Thaum—. Así que no puedo responderte... Pero la respuesta me intriga. Dime, ¿por qué crees tú que es?
—Bueno, he observado que los humanos sólo se encadenan entre ellos cuando quieren mantener a alguien encerrado —dijo el ángel pensativo—. Así que he pensado que tal vez sea una especie de castigo.
—¿Un castigo? Pero no hemos hecho nada malo.
—Nosotros no, pero tal vez nuestros antepasados —dijo el joven inseguro.
—En ese caso, es muy injusto que nosotros paguemos por sus crímenes, ¿no crees? —comentó Thaum.
El otro asintió.
—¿Imaginas un mundo sin cadenas? Yo a veces sueño con ello... Podríamos volar libres por el cielo, sin tener nada que ver con los humanos. Sería tan... —de repente el ángel puso cara de preocupación y se dio la vuelta—. Vaya, parece que mi humana y sus amigas se han hartado de la película. Tengo que irme, fue un placer hablar contigo.
—Igualmente —dijo Thaum, y añadió con tono optimista—. Tal vez tu humana viaje en avión algún día. Así podrías volar un poco.
—Claro... —no pareció muy convencido—. No importa. Adiós.
La película acabó y Kéteryn salió de la sala de cine acompañada por sus amigos. Todavía era pronto, así que decidieron tomar un autobús e ir a comer. Mientras aguardaban en la parada, oyeron una serie de gritos.
—¿Qué es eso? —preguntó Thaum a los ángeles que había a su alrededor. Aunque acompañaban a los amigos de Kéteryn, no tenía mucha relación con ellos. Sin embargo, ahora una serie de gritos llenaba la ciudad, gritos de ángeles.
—Sólo puede ser una cosa —respondió uno.
—¿Es Ella?
—¡Hay que correr!
—¡Vámonos de aquí!
—¡No logro convencer a mi humana para que se mueva!
—¡Ahí viene!
Thaum miró en la dirección señalada y la vio. Llevaba una larga capa negra con capucha, y una guadaña de hierro rojo brillante. Sus alas eran de un tono morado oscuro, y volaba a gran velocidad por encima de los coches.
Era la Muerte.
Thaum nunca la había visto antes, pero la reconoció por las múltiples descripciones. Los ángeles hablaban diariamente de ella: volaba por ahí con aquella enorme guadaña, cortando las cadenas que unían a los humanos con los ángeles, tal como estaba haciendo ahora. Había venido matando a todos los conductores que encontraba, provocando un inmenso accidente. Muchos otros murieron debido simplemente a los golpes, explosiones y al inmenso incendio. Al menos, muchos ángeles estaban logrando inculcar miedo a sus humanos gracias a ello. Sin embargo, Kéteryn permanecía clavada al suelo.
—¡Muchacho! —dijo una voz. Era un ángel anciano; uno de los que había visto en el cine. A diferencia de los humanos, los ángeles envejecían de forma algo diferente, sin arrugarse o encorvarse, aunque sí cambiando el color de sus cabellos para llegar a un venerable blanco. Aquel tenía la cara contraída, no obstante. Sabía que aquel era su fin: la humana que había con él tenía la pierna aplastada bajo un coche que se había salido de la carretera—. ¡Muchacho, sal de aquí!
—Yo me iría, pero ella... —Thaum señaló a Kéteryn y enmudeció. La muchacha estaba pálida y tenía los ojos muy abiertos. Temblaba. No cabía duda de que estaba deseando ir a correr, pero tenía los pies clavados al suelo. Algo la retenía.
—¡Eres tú, muchacho! —exclamó el anciano—. Tu curiosidad es tan poderosa que impides que ella se mueva. ¡Vais a morir los dos!
La Muerte se acercaba inexorablemente, cortando cadenas a golpe de guadaña.
—No voy a dejar que eso suceda —Thaum dibujó una espada en el aire con un dedo. Luego sopló sobre el dibujo y el objeto se materializó.
—¿Pretendes matar a la Muerte? —el anciano echó a reír—. Bueno, al menos moriré viendo un buen espectáculo.
La negra figura avanzaba. Se dirigía directamente al anciano, pero se detuvo al ver la expresión decidida de Thaum y se volvió a él. Le golpeó con la guadaña, pero él detuvo el golpe con su arma. La Muerte se elevó sobre el ángel, y cayó a su espalda, a una velocidad tal que solo era una mancha negra. La guadaña giró en sus manos, enganchando la cadena, y Thaum cayó de rodillas sintiendo un dolor lacerante. Entonces, Ella tiró y los eslabones se partieron.
Todo se volvió negro, y Thaum se mareó. Pero su visión se aclaró y descubrió que no había pasado nada. Nada, salvo que ahora era un ser tangible. La Muerte le observaba. No podía ver su rostro bajo la oscura capucha, pero habló, y su voz era de mujer. Dijo con voz sorprendida.
—En mil quinientos años, eres el primero que... —se interrumpió y se volvió a Kéteryn. Ella también había sobrevivido. Le miraba estupefacta.
—¿Quién eres tú? —preguntó en voz muy baja.
—Los humanos no deben verte —dijo la Muerte—. Podrían volver a encadenarte. ¡Sígueme!
Echó a volar, y el joven ángel descubrió que estaba deseando seguirla y descubrir más. Pero no podía dejar a Kéteryn.
—Agárrate —dijo abrazándola.
—¿Eh? ¡Suéltame!
—Ni en sueños —se burló Thaum, y con la chica entre sus brazos, voló detrás de la portadora de la guadaña.









2 Críticas literarias:
Weis! ^^
Si quieres que te diga la verdad, esta me intriga mucho más que la otra. Es como... diferente :3. Aunque la verdad es que el tema de los ángeles de la guarda tampoco es que esté poco visto, aunque por lo visto la gente ha olvidado escribir sobre ellos... o simplemente si lo han hecho no me ha llegado =P
Un ángel que se ha separado de su humana... es como Lyra ^^.
En fin, veremos como sigue :3.
P.D.- Tus críticos literarios son unos vagos ¬¬.
Me encanta esta nueva historia!!!
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